lunes, 11 de diciembre de 2017

La blusa manchada de caca, la magdalena ladrillo y otras historias del desorden de mi vida


La magdalena ladrillo


Que si hiciera un tablero en Pinterest (si supiera hacerlo) con fotos de mi casa tendría que titularlo: "Desorden"; que nunca elegirían nuestro salón para ilustrar una revista de decoración (salvo para un "antes" de un "antes y un después" y alguien viniera a hacernos una reforma e plan reality); que nuestro hogar está sembrado, día sí y día también, de "zonas 0" que se reproducen y emergen de nuevo  machacando cualquier intento de orden, son cosas que cualquiera que venga a visitarnos podrá apreciar con sólo cruzar el umbral de nuestra puerta.
Nunca hemos sido un modelo de orden, pero desde la llegada de Alejandro y Daniel nos hemos ido alejando a pasos agigantados de ese modelo. No lo encontraríamos ni con una brújula, ni con G.P.S; ni aunque nos lo dieran envuelto en papel de regalo.

Los peques acaban de cumplir su primer año y echando la vista atrás recuerdo las primeras señales de alarma de la llegada del caos...



Durante los primeros días de Diciembre del año pasado, mis suegros vinieron a conocer a los nuevos bebés. Con el reloj en nuestra contra intentamos mejorar un poco el aspecto del salón: mogollón de revistas al revistero, un par de cosas debajo del sofá, otro par de pares al armario y a cerrar las puertas a presión. Pero como la realidad no es Instagram y no hay filtros que valgan, al ir a sentarse mi suegra en una silla... ¿Qué hace aquí un calcetín? (Si tuviera un palo lo hubiera utilizado). Y el calcetín venga a reírse de mí: Llevabas dos días buscándome... ¡Pues aquí estoy!

A los pocos días regresaron para felicitarnos las fiestas. Fue algo así:
"Feliz año. Nuestros mejores deseos para el que viene. Que los pañales sucios lleguen al cubo de la basura y que tengáis salud" (Mea culpa. De camino a la cocina me dejé un par de pañales sobre el baúl de la entrada... la noche anterior).

Y todo ha seguido así durante este año. Así no, en realidad más rápido; más loco; más cuesta abajo.
Se trata de un caso claro de las "Tres Des": Desorden. Despiste. Dinosaurios (Esto último lo digo porque estoy viendo un grupito que se ha quedado rezagado junto a la pata de la mesa).

Por las mañanas da igual a qué hora me levante ( o no me acueste); al final, meriendas a todo correr a la fiambrera y nosotros, como las meriendas, a correr también.

Los lunes y miércoles a David le toca llevar bizcocho o galletas...
A ver... como el último día llevó galletas, hoy le pondré magdalena. Una se intenta abrir paso entre la niebla de mi insomnio que nunca termina de despejarse del todo... ¿Dónde te dejé?... ¿Dónde?...

Meto la mano sin mirar hacia el fondo del armario y saco una cajita. Parece vacía. Estoy a punto de decir alguna palabra fea pero la esperanza renace. Parece que queda una... pero no. Aquello no es una magdalena. Es un ladrillo. Un ladrillo descolorido y reseco que choca contra el plato cuando volteo la caja. Estoy casi segura de que podría utilizarse como material de construcción. Estoy segura del todo.

El estruendo es asombroso. El plato choca contra el suelo rompiéndose en cuatro pedazos; cuatro ¡Qué casualidad!
Me parece que a David le va a tocar otra vez tomar galletas. Enseguida compruebo con alivio que aún quedan un par de paquetitos de dinosaurios. ¡Gracias a quién corresponda!.

Estoy cerrando la cremallera de la mochila (también de dinosaurio); a punto de decir: ¡Nos vamos!, cuando Daniel se pone a llorar a pleno pulmón.
Me acerco a cogerlo.
Huele mal desde lejos.
No es una caca. Es la súper- caca.
Al cambiador directo.
Puñado de toallitas. Cambio entero de ropa. Más toallitas y pañal limpio.
Nota mental: Poner una funda limpia en el cambiador: ¡Alerta de manchurrón!.
Abrigos a los bebés.
A la silla y cerramos sacos.

Todos gorros y bufandas, yo incluida. ¡Sí, tú también, que sólo te falta hacer todo esto acatarrada!
Me transformo en cebolla con mil capas de lanas, a sabiendas de que me va a costar concentrarme en apurar el paso con este calorcito.
Me miro en el espejo del ascensor. Bajo la bufanda asoma el cuello de mi camisa blanca.
Estoy contenta; hacia mucho tiempo que no me ponía la blusa blanca (casi quince días desde que la dejé en el cesto de la ropa sucia).

Paso una mañana normal, en plan mamá  de The Walking Dead, con una silla gemelar y la nariz tocada por un moquillo eternamente congelado. La tarde se acelera un poco, con una tutoría y el cumplimiento de la promesa de parque que hice a la desesperada el día anterior para que se fueran a la cama.

Cuando llegamos a casa me encierro en el baño para ducharme y tener la excusa de que no los oigo a través de la puerta.
Hablo con mi reflejo, en plan ejercicio de autoayuda. ¡Otro día superado! ¡Muy bien, Eva!
De pronto escucho una carcajada. Un manchurrón se ríe de mí (como el calcetín) junto a un botón de mi blusa tan blanca; tan blanca y tan sucia.
¡He ido por ahí todo el día con la blusa manchada de caca! ¡Bien por mí! (Esto ya no es un ejercicio de autoayuda).

... Y a mis suegra le pareció grave encontrarse un calcetín en la silla del salón. ¡Menos mal que hoy no me ha visto! (Prefiero concentrarme en eso que en toda la gente que sí me ha visto)

¡Adiós blusa blanca!. Otra vez al cesto de la ropa sucia. Nos vemos en medio mes.

Salgo del baño.
Canela se ha comido media caja de cartón de los adornos de Navidad. El suelo está lleno de juguetes y Cantajuego resuena en el salón a todo volumen.
Noto algo en la boca del estómago, sube por mi garganta y choca contra el paladar. Por un momento tengo miedo de vomitar, pero no. Lo único que sale por mi boca es una carcajada. Una risa histérica y puntiaguda. Risa de loca. Risa desordenada como mi casa; como mi vida y mis letras; como mi cabeza.

¡Qué bien sienta reírse!
















jueves, 23 de noviembre de 2017

Blanca


Una vez primera.

Mi primer "Mamá".

Mi cuerpo abierto para despedirte. Para recibirte.

Pestañas oscuras e infinitas.

A veces aleteos de mariposa. 

A veces huracán con nombre propio.

Ojos insondables.

Enigmas y ternuras

vestidos en carbones castaños.

Lápices de colores

y silencios.

Miles de dibujos

empapelan tus recuerdos.

Cantabas "Pica pollito" entre biberones.

Ahora, Coca Cola Zero y pizza con extra de tomate.

Me has pedido que traiga una carta para escribirle a los Reyes y

he sonreído.

En tiempos difíciles para la inocencia, esta tuya un año más es un regalo

que cuidaré como un tesoro.

Gracias mi niña.

Mi primer bebé.





lunes, 16 de octubre de 2017

Ropa cubierta de ceniza. Corazón, negro y humo

He salido al balcón. La ropa que tendí ayer por la mañana está cubierta de ese polvo negro que fue ayer el cielo aquí, en Galicia. Dentro de un rato, por la tarde o puede que mañana, volveré a meter toda esa ropa en la lavadora. Con un poco de detergente y suavizante quedará blanca; olerá bien. Otra vez como nueva.
Pero ese polvo negro se ha tragado demasiado; un demasiado que jamás podrá volver a quedar limpio y blanco como mi ropa. Será imposible arrancarlo del corazón, de ...la pupila.
El terror, la incertidumbre, las vidas aplastadas por el hombre, verdugo de sí mismo y de lo que le rodea.
Personas muertas intentando escapar o proteger; hogares que ya no están y si están, ya no lo son. Los árboles de los que tan sólo quedan afilados esqueletos. Las familias enteras masacradas en la seguridad de sus madrigueras; en la desorientación de sus huidas.
Mi corazón está cubierto de polvo. Tengo un nudo en el estómago y las lágrimas rápidas, pero no quiero dejar que el fuego consuma también mi fuerza; la de todos.
Quiero que mañana sea un nuevo día para enseñarles a mis hijos a respetar la vida; todas las vidas. A quererlas y cuidarlas.
Quiero que aprendan a amar a los árboles que nos regalan su sombra, enmarcan nuestro paisaje y son vivienda para tantos animales. Quiero que toquen la hierba que pisamos; que sepan que también está viva. Que cuiden a los animales que intuimos entre las sombras del bosque, y a los que conviven junto a nosotros.
Quiero que entiendan que todos juntos somos un corazón que late. Hoy un corazón herido, negro y triste.
Quiero enseñarles a tener la fuerza suficiente para exigir el castigo merecido para los que intentan quemarnos el corazón.
Sigamos latiendo


miércoles, 11 de octubre de 2017

Lo que voy a ser de mayor

Mi niña sirena ya ha comenzado a soñar con qué pasará cuando se lance sola al mar. El otro día me sorprendió con este "poema" y con el miedo que me da que crezca. Me sorprendió su ilusión, su imaginación, su determinación.  ¡Qué afortunadas somos! Yo por tenerla. Ella por poder permitirse soñar.


"Inventora o escaladora, arqueóloga, astronauta,
exploradora de la jungla, veterinaria, doctora,
exploradora del famoso Egipto pirámides encontraré
ser ciclista o patinadora de skate no se que puedo
ser, una famosa cantante, o farmacéutica no se
o igual profesora de 3º 2º 1º etc, seré mamá
no se igual. Hay tantas que elegir que no me puedo
decidir. Igual famosa nadadora quizá mi futuro encontraré
para todo eso esperaré" Blanca

viernes, 15 de septiembre de 2017

9 meses y 1 día


Una herida blanca 
en la encía desnuda.

La carne llamando a la puerta
de los instintos recién estrenados;
cargando armas afiladas
en la boca.

Puntaditas de hilo oscuro.
Pestañas para cerrar párpados
vírgenes de arrugas.

9 meses y 1 día
sin la cuerda palpitante
que os retenía en mí.

9 meses y 1 día
de lazos
que nos han separado
y nos han cosido,
dejando cicatrices en el aire.

Vuestras miradas rebosan en mi sangre.
Transitan de puntillas por mis venas
los pasos que todavía no habéis dado.
Latidos en mi corazón
son vuestras voces.




9 meses y 1 día
4 años y 20 días
7 años, 9 meses y 16 días



martes, 5 de septiembre de 2017

Una vez con 17 años


Una planta se ha secado en mi ventana.
Una planta impostora.
Acostumbrada a mentir; a esperanzar.
A hacer brotar ilusiones verdes y tiernas.

Se ha secado la tinta que 
escribía mis latidos;
alejada de su "Unicornio Azul".

El corazón ha entrado en duermevela,
aprisionado bajo una
costra de recuerdos.

El tiempo me falla,
y el aire.
Y el valor.

Mi piel traslúcida,
que deja ver a todo y a todos,
guarda miles de secretos.

Moscas negras en mi mirada.
Papeles arrugados 
que crujen en mi pecho.

Velas de cumpleaños 
que huelen a cera y,
a veces,
a esperanza.

Colecciono deseos
y rechazos.

Soplo la vela,
pero el fuego no se apaga.

Las palabras queman en mi lengua.

Querer, desear, morir por crecer.
Crecer y marcharse.
Escaparse del número maldito.

Aquí estoy.
Ahora, he crecido.






miércoles, 9 de agosto de 2017

David

Es pensar en él e invitar a la sonrisa a que visite mis labios, incluso aunque los pensamientos me recuerden las cosas de él que más me enfadan:
Se quita las gafas y jamás recuerda donde las deja (pueden aparecer en el baño; debajo del sofá; o por puro milagro en la mesilla azul junto a su cama).
Come fatal; casi no le gusta nada (podría alimentarse a base de huevito con patatas, crema de calabaza o sopa del abuelo, como él la llama).
Es muy, muy... infinitamente desordenado: coches, muñequitos, papeles arrugados... es lo que tienes que sortear para entrar en su habitación...
A su cabeza parece que siempre acuden ideas, digamos que no demasiado buenas: subirse al mueble del televisor; colgarse entre el sofá y la ventana; saltar desde la cama a su mesa, o colarse a la terraza del vecino por el agujero del desagüe (esos vecinos jamás nos olvidarán...). Hace una semana, mientras tomábamos algo en una cafetería, él aprovechó para meterse en una fuente que había al lado... Eso tampoco lo olvidarán jamás todos los que estaban por allí.
Pero a pesar de todo es imposible enfadarse con él más de un minuto. Y es verdad, lo he comprobado. A veces, cuando la travesura es muy grande, intento enfadarme mucho rato pero aunque me obligo y me obligo el enfado se evapora, desparece como el dolor de cabeza en los anuncios de analgésicos.
David conquista. Nos conquista a nosotros; conquista a todo el mundo.
Cuando lo llevo al colegio es increíble con la cantidad de personas que nos tenemos que parar por la calle porque él saluda a todo el mundo. Reparte sonrisas, abrazos, felicidad contagiosa. Y esas personas al día siguiente lo saludan a él y así se forma un bucle sinfín.  Y aunque tardamos mil años en llegar, es maravilloso.
A veces ( muchas) me ha pasado que estando un sitio; en la calle, un comercio, el supermercado, el centro de salud... me preguntan: ¿Tú eres la mamá de David? y yo me quedo alucinada pensando en quiénes son esas personas.
No hay nadie en las tiendas de la zona que no lo conozca. En el cole, lo conocen hasta los profesores de los cursos más altos... No deja de asombrarme la capacidad que tiene para relacionarse, sobre todo porque yo he carecido siempre de ella.

Trufo y él son íntimos amigos. Una de mis escenas preferidas es: David viendo los dibujos mientras su mano descansa sobre el lomo de Trufo que está acostado junto a su pierna. A Trufo se le empiezan a notar ya bastante sus 12 añitos. David ya se la ha hecho más de una revisión con su maletín de doctor para comprobar que está perfectamente.  Con Canela también se lleva bien, pero tienen sus más y sus menos porque ella le roba demasiadas veces la merienda. Me advierte repetidamente que debemos llamar a la policía.

El tiempo pasa y cumple 4 años. ¡¿Ya?!. Me encantaría poder detenerlo, quedármelo, pero se que debe seguir su camino en el reloj; en el calendario para continuar asombrándonos, estoy segura de que cada vez más.

Escribo, estoy un poco nostálgica. Estos pensamientos a veces son como el otoño y me parece que tengo frío, pero oigo su voz llamándome desde su habitación. Se ha destapado y está lloroso porque cree que se le ha perdido la locomotora que ayer le reglaron los abuelos (se empeñó en dormir con ella). Levanto la almohada y la encuentro. Se la pongo en la mano y le tapo. Me pide la uña y le acerco mi mano. Acaricia mi dedo gordo de la mano derecha unos instantes y se tranquiliza; algo que hace desde que era un bebé.
Me vuelvo aquí. Su voz ahuyenta el frío, y su mano en la mía, y su lengua, todavía de trapo: Mamá, "¿Quiénes eran los caverconilocas?", "¿Quién ha fuido?"," Yo también quiero un lobo con una cuerda, azul", ¿Vamos a ver la película de los ninons amarillos?"

He tenido que parar de nuevo, esta vez para darle un biberón a Daniel, y David ya se ha levantado.
Está en el sofá con Trufo a un lado y un camión "barrendero"( de esos que limpian las calles) que también ayer le han regalado los abuelos, al otro.  Lo quería desde hace dos meses y está feliz.

Mami, ¿Te sientas a mi lado?
Feliz cumpleaños David. Estoy deseando que me sigas asombrando.